No hay otra vida

3 декабря 2014
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No hay otra vida.

Ustedes serán miserables, vagabundos, serán humillados. Pero aquel que ama al padre o a la madre, al hijo o a la hija más que a mi, no ha comprendido mi enseñanza. El que no esté preparado para soportar todos los sufrimientos carnales y vejaciones, ese no me ha comprendido. Aquel que adquiera todo lo mejor para la vida carnal destruirá la vida verdadera, pero aquel que destruya su vida carnal al cumplir con mi enseñanza, ese conseguirá la vida verdadera.

Y sobre estas palabras Pedro le dijo: todo es así, en realidad, y nosotros te hemos escuchado, dejamos todas las preocupaciones, todas las propiedades, nos hicimos vagabundos y te seguimos; ¿cuál será nuestra recompensa? Jesús le dijo: tú mismo lo sabes, y aquel que abandone la familia, a las hermanas, a los hermanos, al padre, a la madre, a la esposa, a los hijos, sus propiedades y siga mi enseñanza de la verdadera bendición, acaso no recibirá cien veces más que en esta vida ahora;  hermanas, hermanos, campos, y todo lo necesario y, además, recibirá en esta vida la vida extratémpora.

Y en lo referente a que tú supones que por el hecho de lo que ustedes hicieron recibirán una recompensa, pues ustedes se equivocan. En el reino de Dios no hay recompensas. En el reino de Dios hay un objetivo y una recompensa. En el reino de Dios todos son iguales, no hay ni primeros ni últimos.

He aquí a lo que se parece el reino de Dios. Una vez por la mañana fue solo el dueño a emplear a peones para su jardín. Les empleó a una grivna al día y los trajo al jardín, les obligaba a trabajar. Y a la hora del almuerzo fue de nuevo a contratar a otros peones y les envió a trabajar en el jardín. Y por la tarde contrató a otros más y les envió a trabajar allí. Y acordó con todos el pago de una grivna por el día de trabajo. Llegó la hora de saldar las cuentas y el dueño ordenó a que se les pagara igual a todos y que se pagara primero a aquellos que llegaron últimos y sólo después a los primeros. Éstos vieron que los últimos recibían una grivna y pensaron que a ellos les darían más. Pero a los primeros también les dieron una grivna. Ellos cogieron el pago y dijeron: bueno, aquellos sólo hicieron una yugada y nosotros hicimos cuatro, ¿por qué nos han pagado por igual? Esto es una injusticia. Y el amo se acercó a uno de ellos y le dijo: ¿por qué gruñes? ¿Acaso te he ofendido? Te pagué por lo que te contraté, pues nosotros acordamos que el trabajo se haría por una grivna. Toma lo tuyo y márchate. Y si al último quiero darle lo mismo que a ti, ¿acaso no tengo el derecho de hacerlo? ¿O es que te ha dado envidia que yo sea bondadoso?

En el reino de Dios no hay primeros ni últimos, todos son iguales. Aquel que cumpla la voluntad de Dios y deje la vida carnal tendrá la vida espiritual y estará en la voluntad de Dios. Y nadie más podrá acercar el hombre a la voluntad de Dios. El reino de Dios se gana con el esfuerzo.

Una vez dos discípulos se acercaron a Jesús: Jacob y Juan. Estos le dicen: maestro, prométenos que harás lo que te pidamos. Él dice: ¿qué es lo que quieren ustedes? Ellos dicen: que seamos igual que tú. Y Jesús les dice: ustedes piden algo que está fuera de mi poder. (Issued for zolausa.info). Ustedes pueden vivir igual que yo y transformarse en espíritu igual que yo, pero yo no puedo hacerles a ustedes igual que a mí, eso está fuera de mi poder. Toda la gente está nacida de modo diferente y a cada persona se le ha dado diferente grado de comprensión, pero todos pueden por igual cumplir con la voluntad de Dios y obtener la vida.

Al escuchar esto, otros discípulos se enojaron con los dos hermanos porque ellos querían ser igual que su maestro y ser los mayores de los discípulos. Jesús les llamó y les dijo: si ustedes, hermanos, Juan y Jacob, me han pedido que yo les haga igual que soy yo para ser discípulos mayores, entonces ustedes se han equivocado. Si ustedes, otros discípulos, también se enojan con ellos porque ellos querían ser mayores que ustedes, ustedes también se equivocan.

En el mundo sólo se toman en cuenta los zares y los jefes; el que es mayor es quien gobierna a los pueblos. Entre ustedes no puede haber mayores y menores. Entre ustedes para ser mayor que otro hay que ser sirviente de todos, pues en eso consiste la enseñanza sobre el hijo de Dios, pues él no vive para que todos le sirvan, sino para que él le sirva a todos y para dar su vida carnal como recompensa por la vida espiritual.

El espíritu-Dios busca la salvación de aquel que muere. Dios desea la salvación de la gente y se contenta con esto igual que se contenta un pastor cuando encuentra a una oveja perdida. Y cuando se pierde una oveja, él deja a 99 y va a salvar a la oveja perdida. Y si una tía pierde una copeca, ella barre toda la casa y la busca hasta que no la encuentre. A Dios le gusta todo lo que se muere y lo llama a que venga a él.

Y él les dijo una alegoría expresando que no puede uno elevarse sobre el que vive en la voluntad de Dios. El dijo: si te invitan a almorzar no te sientes en la primera esquina, pues vendrá alguien de más honor que tú y el amo te dirá: sal de aquí y cédele el puesto al que es mejor que tú y será peor pasar una pena. Y mejor que tú te sientes en el último puesto, así el amo te llamará a que te sientes al puesto de más honor y así tendrás ése honor.   Así es en el reino de Dios donde no hay orgullo. El que se alza del mismo modo caerá, pero el que se comporta con modestia y no se considera merecido se alzará de este modo en el reino de Dios.

Había una vez una persona que tenía dos hijos. El menor dice: padre, sepárame a mí. Y el padre lo separó. Tomó el menor su parte y se fue al lado ajeno, gastó todo lo que tenía y cayó en la desgracia. Y cayó él en el lado ajeno entre los porqueros. Y pasaba tanta hambre que comía bellotas junto con los cerdos. Y comenzó a pensar sobre su vida y se dijo: para qué me separé y dejé al padre. El padre tenía de todo, los trabajadores del padre tenían suficiente comida, mientras que yo tengo que comer con los cerdos. A ver si voy a donde el padre, me arrodillo ante él y le diré: padre, soy culpable ante ti y no vale la pena que sea hijo tuyo. Acéptame, aunque sea como jornalero. Lo pensó y fue a donde el padre. Y en cuanto ya estaba cerca el padre le reconoció y fue a su encuentro, lo abrazó y comenzó a besarle. Mientras el hijo le dice: padre, soy culpable ante ti, no valgo ser hijo tuyo. El padre no quiso seguir escuchándole y le dijo a los peones: traigan la mejor ropa, póngansela y cálcenlo. Y corran, cojan al mejor ternero y sacrifíquenlo; vamos a festejar que mi hijo estaba muerto y ahora ya está vivo, que estaba perdido y ahora se ha encontrado. Regresó el hermano mayor del campo y al acercarse escuchó que en casa cantaban canciones. El llamó a un chaval y le dijo: ¿qué es lo que están festejando en casa? Y el chaval le responde: ¿acaso tú no has oído que tu hermano regresó? Y tu padre se alegra y ordenó a que sacrificaran un ternero por el regreso del hijo. El hermano mayor se enojó y no fue a casa. El padre salió a donde él y le llamó. Él le dijo al padre: tantos años que trabajo para ti con obediencia y tú nunca has sacrificado un ternero para mí, mientras que el menor abandonó la casa, gastó todas sus pertenencias con los borrachos y tú le sacrificaste un ternero. El padre le dice: tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Y cómo no me voy a alegrar de que tu hermano que estaba entre los muertos ahora esté vivo, se perdió y ahora se encontró.

Así es y el Padre suyo en los cielos quiere que ninguna persona, ni la más ruina, se pierda y esté viva.

La vida de las personas que no comprenden que ellos no viven en este mundo para beber, comer y festejar, sino para servir a Dios con toda la vida, la vida de estas personas es igual que lo siguiente: un amo sembró un jardín, lo cuidó e hizo todo lo necesario para que éste diera frutos lo más posible. Y él mandó a unos trabajadores a este jardín para que trabajaran, para que recogieran los frutos y le pagaran por el jardín según acuerdo. El amo era Dios. El jardín es el mundo. Los trabajadores son la gente. Dios sólo creó el mundo y mandó la gente para allá para que ésta le devolviera a Dios lo divino, la comprensión de la vida que él colocó en ellos. Llegó el plazo y el amo envió a un trabajador por el tributo.

Dios, en el espíritu de la gente, les dice sin parar qué es lo que ellos deben hacer para él y les llama sin parar. Los trabajadores echaron al enviado del amo  sin nada y continuaron viviendo, imaginándose que el jardín es propio y que ellos mismos por voluntad propia están en él. La gente expulsó de sí el recuerdo de la voluntad divina y continuaban viviendo cada uno para sí, imaginándose que ellos viven para el placer de la vida carnal.

Entonces el amo envió una y otra vez a sus favoritos y a su hijo para recordarles su deuda. Pero los trabajadores perdieron la cordura y se imaginaron que si mataban al hijo del amo quien les recordaba que el jardín no era de ellos, éste no les molestaría más. Ellos lo mataron. A la gente no le gusta que le recuerden aquel espíritu que vive dentro de ellos y les mostraba que él era eterno y que ellos no lo eran y ellos mataron todo lo que pudieron el conocimiento del espíritu;  envolvieron en un pañuelo y enterraron la grivna que le habían dado. ¿Qué debía hacer el amo? Nada más que expulsar a esos trabajadores y enviar a otros. ¿Y qué le quedaba hacer a Dios?  Sembrar  hasta que no hubiera frutos. Eso es lo que hizo él. La gente no comprendía y no comprende que ese conocimiento del espíritu que está dentro de ellos y que ellos ocultan, pues éste les molesta, que precisamente esta comprensión es el fundamento de la vida. Ellos lanzan esa piedra que sirve de          fundamento a todo. Y aquellos que no tomen por fundamento la vida del espíritu no entrarán en el reino de Dios y no recibirán la vida. Para recibir la vida en el reino de Dios hay que recordar la posición de uno, no esperar recompensas y sentirse en el deber.

Entonces los discípulos le dijeron a Jesús: multiplica la fe en nosotros. Dinos algo para que nosotros creamos con más fuerza en la vida del espíritu y no lamentemos la vida carnal. He aquí lo que hay que dar y todo hay que darlo para la vida del espíritu. Y la recompensa, tú mismo lo dices, no existe. Y en respuesta Jesús les dijo: si ustedes creyeran igual que ustedes creen que de usa semilla de abedul crecerá un gran árbol, entonces ustedes creerían en que éste es el único germen de la vida del espíritu del que nacerá la vida verdadera. La fe no consiste en que haya que creer en algo sorprendente. La fe consiste en creer en comprender la situación propia y en qué consiste la salvación. Si tú comprendes tu situación, entonces no vas a esperar una recompensa y vas a trabajar para conservar lo que se te ha dado.

Si tú comprendes tu situación, entonces no vas a esperar una recompensa y vas a trabajar para conservar lo que se te ha dado.

Si tú con el trabajador vienes del campo, seguramente no lo vas a sentar a la mesa, sino que le ordenarás que quite el ganado y que te  prepare de comer, y sólo después le dirás que beba y coma. Y tú no agradeces al trabajador por lo que debía de hacer. Y el trabajador no se enoja, trabaja y espera lo que debe. Pues así usted hace lo que debe y piensa que nosotros somos unos trabajadores inservibles y que sólo hicimos lo que debíamos y no espera recompensa.

La preocupación no consiste en que haya una recompensa, sino en que para recibirla no se debe ser un trabajador tonto y culpable. No es de esto de lo que hay que preocuparse para creer en que habrá una recompensa y habrá vida: esto no puede ser de otro modo, pero hay que preocuparse en no acabar con esta vida, sino no olvidarse que la vida nos está dada para traer dar sus frutos y cumplir con la voluntad de Dios y no para pensar sobre lo que hemos hecho y que por ello debemos recibir una recompensa. Sólo entonces usted comprenderá en qué consiste el reino de Dios sobre el cual yo les hablo a ustedes y que este reino de Dios es la única salvación de la muerte y que no aparecerá de manera tal que se pueda ver.  Sobre el reino de Dios que salva de la muerte no se puede decir: he aquí el reino o he allí está. El reino de Dios está dentro de ustedes, en su interior. Por eso, cuando llegue la hora y ustedes quieran encontrar la salvación en la vida, ustedes lo van a buscar y ustedes no lo encontrarán en ninguna parte y nunca. Si a ustedes le dicen: la salvación está aquí, la salvación está allá, no busque la salvación en ningún lugar, excepto dentro de sí mismo, pues la salvación es como un relámpago, es instantánea y está por doquier; para la salvación no hay tiempo, no hay lugar, está dentro de nosotros.

E igual que  la salvación fue tanto para Lot como para Noé, así será siempre para el hijo humano. La vida siempre es la misma para todas las personas: todos comen, beben, se casan, pero cuando llega la inundación y la lluvia cae del cielo, cuando llega la muerte carnal, unos mueren y otros se salvan.

Cuando el reino de Dios esté dentro de ustedes, entonces cada uno de ustedes dejará de pensar en lo carnal y no mirará hacia atrás como la mujer de Lot. No se puede arar si miras hacia atrás. Recuerdo sólo el presente.

Los discípulos también preguntaron: ¿cómo saber que pasó una cosa o la otra, que llegó el día de la salvación y que hemos logrado la vida eterna?  Y Jesús les respondió: nada puede saber cuándo y dónde pasará esto con el hombre. Y no se puede enseñar y demostrar esto. Lo único que usted puede saber es que cuando esto suceda dentro de sí ustedes sentirán dentro de sí la vida verdadera. Con ustedes pasará lo mismo que pasa con el árbol en primavera: el árbol estaba muerto y después ustedes verán que las ramas se ponen más blandas, las yemas se hinchan y las hojas comienzan a crecer.  Esto es lo que ustedes sentirán dentro de sí. Sentirán la vida, la vida verdadera dentro de sí. Cuando sientan esto sepan que el reino de Dios y la salvación están cerca.

Por eso no se preocupen de la vida carnal. Busquen sólo estar en la voluntad de Dios; todo lo demás estará sólo por sí. Y les dijo que siempre había que desear esto y no entristecer.

Y los discípulos le dijeron: enséñanos a rezar. Y él les dijo: toda su oración es la siguiente: ¡Padre!, que tu espíritu sea santo dentro de nosotros y que tu voluntad esté dentro de nosotros. Y déjanos alimentarnos con vida carnal para la vida espiritual. No nos juzgues muy severamente por lo que te debamos y nosotros no vamos a juzgar muy severamente a los que nos deben algo; no nos tengas en cuenta.

Si el hijo pide al padre un pedazo de pan, el padre le da una piedra y no le da una serpiente en lugar de pescado. Si nosotros, gente cruel, le damos a nuestros niños lo que para ellos es el bien y no el mal, pues entonces como el Padre nuestro, aquel del cual nacimos, el Padre del espíritu, no nos va a dar ese espíritu que sólo nosotros le pedimos. No sólo el padre, sino cualquier ajeno no puede negarle a otro si se lo piden con empeño. Si tú llegas a casa del vecino a medianoche y le pides pan para darle de comer a una visita, sabes que no te lo dará por amistad, sino por conciencia, que debe dártelo si tú se lo pides con empeño. Si vas a pedir, recibirás; si vas a tocar a la puerta, te abrirán.

No se puede esperar que Dios les dé el espíritu que salva de la muerte cuando ustedes no lo buscan y no lo piden. Y dijo Jesús: había una vez un juez muy cruel que no le tenía miedo ni a la gente ni a Dios. Una pobre viuda le pedía. El juez no quiso escucharla. Pero la viuda seguía al juez día y noche y seguía pidiéndole. El juez le dijo: qué hacer, complaceré a la viuda con lo que ella me pide, pues no me va a dejar en paz. Comprenda, hasta un juez cruel da lo que le pidan. ¿Cómo va Dios a dejar de hacer lo que le piden día y noche sin dejar de rezar? Si Dios existe, él lo hará. Si Dios no existe y en lugar de Dios existe un juez cruel, de todos modos existe el hijo humano, el que busca la verdad y en él no se puede dejar de creer.

Busquen siempre el reino de Dios y su verdad, en cualquier momento; lo demás está de por sí sólo. No se preocupen por el futuro, traten sólo de evitar la crueldad del presente. Estén siempre listos, como sirvientes que esperan al amo, para abrirle la puerta inmediatamente cuando éste llega. Los sirvientes no saben cuando regresa el amo, tarde o temprano y siempre deben estar listos. Y si ellos reciben al amo, quiere decir que cumplieron con su voluntad y se sienten satisfechos. Lo mismo sucede en la vida: hay que vivir siempre cualquier momento del presente con la vida espiritual sin pensar en el pasado y en el futuro y sin decirse a uno: en un momento determinado haré esto y aquello. Si el dueño supiera cuando vendrá el ladrón, el no dormiría. Pues bien, ustedes no duermen nunca, ya que para la vida del hijo humano no hay tiempo; él sólo vive en el presente y no sabe cuando es el inicio y el fin de la vida.

Nuestra vida es igual que la vida de un esclavo que el amo le dejó de responsable en su casa. Y bueno es para el esclavo que el cumple con la voluntad del dueño. Pero si él dice: el amo no vendrá pronto y él se olvida de las cosas del amo, entonces éste le tomará por sorpresa y le expulsará.

Pues bien, no se entristezcan y vivan siempre con el espíritu en el presente. Para la vida del espíritu el tiempo no existe. Cuídese para no agravarse y no embriagarse con la bebida, con gran cantidad de comida, con preocupaciones, para no perder el momento de la salvación. El momento de la salvación está tirado sobre todos y así es siempre. Y por eso viva siempre con la vida del hijo humano.

El reino celestial se parece a lo siguiente: fueron una vez diez doncellas con sus escudillas a recibir al novio. Cinco de ellas eran inteligentes y cinco eran tontas. Las tontas cogieron las escudillas, pero no llevaron aceite de repuesto. Mientras esperaban al novio se quedaron dormidas. Cuando llegó el novio, las tontas vieron que ya les quedaba poco aceite y comenzaron a pedir, fueron a comprar, pero mientras fueron por el aceite, el novio entró y las inteligentes, que sí tenían aceite, entraron con él y las puertas se cerraron. Sólo para eso fueron las doncellas, para recibir al novio con las escudillas, pero ellas se olvidaron de que lo principal no era que las escudillas alumbraran, sino que alumbraran oportunamente. Y para que alumbraran oportunamente tenían que alumbrar todo el tiempo.

La vida es sólo para elevar al hijo humano, pero el hijo humano siempre estaba fuera de tiempo y por eso al servirle hay que vivir fuera de tiempo, sólo en el presente. Y por eso hagan esfuerzo, hagan las cosas del presente para entrar en la vida espiritual y si no se esfuerzan, no entraran.

Ustedes van a decir: nosotros dijimos esto y aquello, pero no habrá buenos oficios y no habrá toda una vida. Porque el hijo humano le da a cada uno le que él hizo según sus posibilidades. La gente no se divide por el hecho de que ellos sirven al hijo humano. Y con sus oficios la gente se divide en dos, igual que en el rebaño separan alas ovejas de los machos cabrios. Unos estarán vivos y otros morirán.

Aquellos que sirvieron a hijo humano recibirán lo que les pertenecía desde el comienzo del mundo, es decir, la vida que ellos conservaron. Ellos le conservaron la vida la vida a aquellos que servían al hijo humano: le daban de comer al hambriento, vistieron al desnudo, recibieron al forastero, visitaban al preso. Ellos vivían del hijo humano, sentían que él era único en toda la gente y por eso le querían. Él era uno dentro de todos. Aquellos que no vivían con el hijo humano, no le servían, no comprendían que él era uno para todos y por eso no se unían con él y perdieron la vida en él y perecieron.

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