Tolstoi. El Evangelio. Introducción.

20 января 2016
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León Tolstoi, El Evangelio.

“León Tolstoi, retrato”, de Nikolai Gue

La fusión y traducción de los Evangelios. León Tolstoi.

Después de que la razón me ha conducido a la desesperación y a la denegación de la vida por motivo de la ausencia de creencia, le he echado un vistazo a la humanidad real y  me convencí de que esta desesperación no constituye un estado propio de las personas, sino que la gente ha vivido y vive con la fe.

He visto a mi alrededor a gente que tiene fe y que extrae de ella el sentido de la vida que le da la fuerza para vivir con tranquilidad y alegría, así como para morir de este modo.

No he podido esclarecerme este sentido mediante la aplicación de la razón. He intentado organizar mi vida del mismo modo que los creyentes. He intentado unirme a ellos, hacer todo lo que ellos hacen en la vida en lo concerniente al respeto a Dios, pues pensaba que de este modo se me abriría el sentido de la vida. Mientras más me acercaba al pueblo, vivía como él y cumplía los mismos rituales religiosos, sentía mucho más el efecto de dos fuerzas que actuaban sobre mí de un modo opuesto. Por otra parte, se me abría más y más un sentido de la vida que me satisfacía y que la muerte no destruía. También veía que existía mucha falsedad en la profesión de la fe y de la creencia en Dios.

Me daba cuenta de que el pueblo no podía ver esta falsedad debido a su ignorancia, la falta de tiempo libre, el no deseo de pensar y de que yo podía  dejar de ver esta falsedad, pero al verla no podía hacer la vista gorda, tal como me aconsejaban los creyentes educados. Mientras más vivía cumpliendo las obligaciones de un devoto, esta mentira me llamaba más la atención y me exigía investigar donde terminaba la falsedad de esta doctrina y dónde comenzaba la verdad.

Yo no dudaba que la verdad propia de la vida estaba en la doctrina cristiana. Por fin, mi desavenencia interna había llegado a tal estado en el que ya yo podía cerrar los ojos intencionalmente, tal como lo hacía antes, debiendo considerar necesariamente la doctrina que yo quería asimilar. Primero pedí explicaciones a sacerdotes, monjes, eparcas, metropolitas y teólogos estudiosos de la materia. Así me aclararon los aspectos confusos que con frecuencia eran malentendidos y con mayor frecuencia aún, eran mucho más contradictorios. Todos citaban a los benditos, al catecismo y a la doctrina religiosa. Entonces tomé los libros de teología y empecé a estudiarlos. (Issued for zolausa.info).  Así el estudio me llevó al convencimiento de que esa fe que profesa nuestra jerarquía religiosa y que enseña al pueblo, no es otra cosa que una falsedad y una mentira amoral. En la doctrina ortodoxa encontré una exposición de los postulados más incomprensibles, profanos y amorales que no sólo dejan de ser aceptados por la razón, sino que no son aceptados por la razón,  que son del todo inaceptables y repugnantes para la moralidad;  no encontré ninguna doctrina de la vida y su sentido.

Pero yo no podía dejar de ver que lo expuesto por la teología no estaba claramente encaminado a la explicación del sentido de la vida, de su teoría; sino que estaba dirigido a la confirmación de los postulados más enigmáticos e inservibles para mí y al rechazo de todos aquellos que no reconocían estos postulados. Esta exposición encaminada a la negación de otras doctrinas me obligó involuntariamente a que les prestara mi intención. Sin embargo, estas otras doctrinas religiosas resultaron ser iguales que la doctrina ortodoxa que las denegaba. Unas doctrinas eran más absurdas, mientras que otras eran menos, aunque todas las doctrinas afirmaban exactamente igual unos postulados increíbles e inservibles para la vida, mientras que en su nombre se negaban unos a otros y se violaban el hermanamiento de la gente, aunque éste constituye el fundamento de la doctrina cristiana.

De este modo fui conducido al convencimiento de que la iglesia no existía. Todos los cristianos creyentes, aunque de modo diferente, se consideran verdaderos cristianos y se niegan unos a los otros. Cada una de estas congregaciones de fieles se autodeterminan  exclusivamente como iglesia y afirman que su iglesia es la verdadera,  que de ella se desprendieron otras que ya desaparecieron y que precisamente su iglesia resistió la prueba del tiempo. Todos los creyentes de diferentes tipos no comprenden de modo alguno que por el hecho de que su fe haya permanecido intacta de un  modo o de otro, no se puede decir que su iglesia es la verdadera; pero por haber nacido en ella o por verla así, la consideran verdadera. Otros, exactamente igual, dicen exactamente lo mismo sobre su fe. Así que está claro que no hubo y no hay una iglesia única, que la iglesia no es una, que no son dos o dos mil, y que todas se niegan una a la otra y sólo afirman que cada una de ellas es la verdadera y única. Cada iglesia dice lo mismo: -“nuestra iglesia es la verdadera, santa, canóniga, apostólica y universal. Nuestro texto es sagrado, nuestra leyenda es sagrada. Jesucristo es la cabeza de nuestra iglesia y el Espíritu Santo la conduce y sólo ella es la continuadora de la obra de Cristo Dios”.

Si tomamos cualquier rama de un arbusto frondoso, sería justo decir que de una rama a otra y de un nudo a otro, así como que de un nudo a la raíz, cualquier rama es la continuación del tronco, pero ninguna rama por separado es la continuadora exclusiva. Todas son iguales. Sería absurdo decir que cualquier rama por separado es la verdadera; esto es, precisamente, lo que dicen todas las iglesias. En realidad hay miles de tradiciones apostólicas y cada una deniega y maldice a la otra, considerando como verdadero sólo lo suyo: los católicos, los luteranos, los protestantes, los calvinistas, los creyentes en Socar, los mormones, greco-ortodoxos, popovtsi, bespopovtsi, molokanes, menonitas, bautistas, enucos, dujobores, etc.; todos afirman que su creencia es la única verdadera y que sólo ella tiene el Espíritu Santo, y que su cabeza es Cristo y que todas las demás están desorientadas.

Hay miles de creencias y cada una considera que la suya es la única santa. Todos lo saben y, cada una, al declarar que su doctrina es la única verdadera e integral, sabe que otra religión, exactamente igual, como un reflejo, considera que su doctrina es la única verdadera, mientras que todas las otras son heterodoxia.  Este autoengaño, que aún vemos, existe hace muchos años, que ya son cientos y cientos.

En los asuntos laicos la gente sabe distinguir las trampas más astutas sin caer en ellas, aunque cientos y cientos de gentes viven en esta mentira millones de años haciendo la vista gorda.  En nuestro mundo europeo, así como en América, donde todo es nuevo, repiten la misma mentira tonta como si todos se hubieran puesto de acuerdo. Cada uno confiesa sus verdades sobre la fe, considerándolas las únicas verdaderas, peo sin darse cuenta de que otras personas hacen exactamente lo mismo.

Es más, hace tiempo, hace mucho tiempo, que los librepensadores se han burlado sutil e inteligentemente de esta tontería humana,  demostrando claramente hasta qué grado es una tontería. Ellos demostraron claramente que esta fe cristiana con todas sus ramificaciones hace tiempo que pasó a mejor vida y que ya es hora de una nueva fe,  incluso, algunos han ideado nuevas creencias,  pero nadie les escucha y no les siguen, mientras que,  al igual que antes, cada uno en su creencia cristiana: los católicos, en la suya; los luteranos, en la suya; nuestros raskolniki o viejos creyentes, la suya; los bespopovsi, en la suya; los mormones, en la suya; los molokanes, en la suya; y, al mismo tiempo, los ortodoxos, a los cuales yo quería adherirme, tienen la suya.

¿Qué quiere decir todo esto? ¿Por qué la gente no abandona esta doctrina? La respuesta es una, con la que están de acuerdo todas las personas de pensamiento liberal que rechazan la religión, así como todas las personas de otras religiones, y es aquella que dice que la doctrina de Jesús es sana y por eso es tan valiosa para ellos que no pueden vivir sin ella.

¿Pero por qué los creyentes en la doctrina de Cristo se han dividido en diferentes ramas y continúan dividiéndose cada vez más, negando, condenándose unos a los otros y no acaban de coincidir en una misma doctrina? De nuevo la respuesta es sencilla y evidente. La causa de la división de los cristianos consiste precisamente en la doctrina eclesiástica, la cual afirma que Cristo estableció una iglesia única y verdadera que en su esencia es santa e impecable, que puede y debe enseñar a otros.

De no existir este concepto de “iglesia”, no pudiera existir la división entre los cristianos. Cada iglesia cristiana, es decir, cada doctrina, sin duda alguna, se deriva de la doctrina del propio Cristo, pero no sólo esta doctrina, sino que de Cristo provienen todas las otras doctrinas. Todas ellas han germinado de una misma semilla y lo que las une, lo que es común a todas, es la semilla de dónde han salido.

Y por eso, para comprender la esencia verdadera de Cristo, no hay que estudiarla como lo hace la doctrina única de la rama al tronco; no hay que estudiarla ya que es igual de inservible, tal como lo hacen la ciencia y la historia de la religión. Esta doctrina hay que estudiarla desde su base, partiendo del tronco en dirección hacia las ramas. Ni una cosa, ni la otra dan el sentido de la doctrina.

El sentido está dado el conocimiento de esta semilla, de aquel fruto del que salieron todas ellas y para el cual todas viven.

Todas salieron de la vida y del oficio divino, y todas viven sólo para hacer los oficios de Cristo, es decir, los oficios de la bondad. Y sólo en estas cosas todas coinciden.

Precisamente la búsqueda del sentido de la vida es lo que me ha traído a la fe, es decir, la búsqueda del camino de la vida y de cómo vivir. Y, al ver los oficios de la vida de las personas que confiesan la doctrina de Cristo, me uní a ellos. Gente así que confiesan con oficios la doctrina de Cristo. Les encuentro con igual  indiferencia entre  ortodoxos,  raskolniki de diferentes sectas,  católicos y luteranos; así que es evidente que el sentido general de la vida que da la doctrina de Cristo no se extrae de las doctrinas, sino  algo general para todas las doctrinas. Yo he observado gente bondadosa de no sólo una doctrina, sino de diferentes doctrinas y en todos veía el mismo sentido basado en la doctrina de Cristo. He visto un acuerdo total en todas aquellas diferentes sectas de cristianos en lo concerniente al parecer sobre lo bueno, lo malo,  de como hay que vivir. Y todas estas personas explicaban su parecer basándose en la doctrina de Cristo.

Las doctrinas se separaron, pero su fundamento es uno. Entonces esto  quiere decir que hay una sola verdad en el fundamento de todas las doctrinas. Pues bien,   esta verdad es la que ahora quiero conocer.

La verdad de la fe no debe estar en explicaciones separadas sobre las confesiones de Cristo, en aquellas confesiones que dividieron a los cristianos en miles de sectas, sino que debe estar en la primera confesión del propio Cristo. Esta primera confesión de Cristo está en sus palabras contenidas en los evangelios. Es por eso que he tomado el camino del estudio de los Evangelios.

Conozco que, según la doctrina de la iglesia, su sentido no está  en un solo Evangelio, sino en todas las escrituras y leyendas que conserva la iglesia. Supongo que después de todo lo dicho anteriormente, este sofismo, el cual consiste en las escrituras que  sirven de fundamento a mi interpretación, no tiene explicación, pues la explicación de la verdad y de lo sagrado pertenece sólo a la iglesia, la cual dice que este sofismo ya no se puede repetir. Aún más, cuando esta explicación está destruida por la explicación opuesta de otra iglesia, todas las iglesias sagradas se niegan unas a las otras. La prohibición de esta lectura y de la comprensión de la escritura  sólo constituye un índice de los pecados de interpretación que siente cada iglesia que intenta interpretar la verdad de la fe.

Dios abrió la verdad a la gente. Yo soy una persona y no sólo por eso gozo del derecho, sino que debe aprovecharla y darle la cara sin intermediarios. Si Dios habla en estos libros, quiere decir que él conoce la debilidad de mi razón y que me va a hablar de manera tal, que no me introduzca en la mentira.

La conclusión de la iglesia acerca de que las escrituras no pueden interpretarse para cada persona al objeto de que los interpretadores no se pierdan y no se desintegren en los múltiples sentidos, no puede dejar de tener importancia para mi, aunque pudiera tener importancia cuando el sentido que imprime la iglesia fuese comprensible y cuando hubiera una sola iglesia y un solo sentido. Pero ahora, cuando la interpretación de la iglesia sobre el hijo de Dios y sobre Dios, sobre Dios en las tres personas, sobre la Virgen Inmaculada, sobre el cuerpo y la sangre de Dios que se toma como pan, etc; no puede tener cabida en una cabeza sana. Cuando la explicación no es una, sino que son miles de explicaciones, entonces la conclusión, por mucho que la repitamos, no tiene ningún sentido.

Ahora, por el contrario, es necesaria una explicación, pero una explicación con la que todos estén de acuerdo, pero todos podrán estar de acuerdo sólo cuando esta sea lógica.

Todos, no obstante las discrepancias, estamos de acuerdo sólo con lo lógico. Si la confesión  es la verdad, ésta no debe y no puede temer a la luz de la razón. La verdad debe llamarle. Si toda esta confesión resulta ser una tontería, entonces es mejor. Pues que sea así. Dios lo puede todo, es la verdad, sólo que él no puede una cosa: decir tonterías. Sería una tontería escribir tal confesión que no pueda comprenderse.

Yo llamo confesión a lo que se descubre ante la razón en su máxima expresión, es decir, la contemplación de la verdad que supera la razón.

A mi entender, confesión es lo que da la respuesta a la pregunta que la razón no ha sabido responder, lo que me ha traído a la desesperación y al suicido, es decir, cuál es el sentido tiene mi vida. La respuesta debe ser comprensible y no debe contradecir a las leyes de la razón, tal como no contradice, por ejemplo, la afirmación de que el número infinito es par o impar. La respuesta no debe contradecir a la razón, pues yo no creo en una respuesta contradictoria y por eso ésta debe ser no sólo comprensible y no espontánea, sino inminente para la razón, tal como es inminente el reconocimiento de lo infinito para el que sabe contar. La respuesta debe esclarecer mi pregunta: -¿qué sentido tiene mi vida? Si no responde a esta pregunta, entonces no la necesito.

La respuesta debe ser tal, que su esencia (al igual que la esencia de Dios), aunque pudiera ser incomprensible en sí, que todas las conclusiones sobre las consecuencias obtenidas de ella, se correspondan con mis exigencias sensatas y que el sentido imprimido a mi vida  solucione todos los problemas de mi vida.

La respuesta no sólo debe ser  sensata, clara, sino exacta, es decir, debe ser una respuesta tal, en la que yo pudiera creer con toda el alma, en la que yo pudiera creer como yo creo inevitablemente en la existencia de lo infinito.

La sinceridad no puede basarse en la fe, tal como lo entiende la iglesia, es decir, como fe en la creencia a priori en todo lo que se me dirá. La creencia es una consecuencia de lo inevitable y de lo verdadero de la revelación que satisface la razón. La fe, según los postulados de la iglesia, es una obligación que se impone al alma humana con amenazas y engatusamientos. A mi entender, la fe es lo que es fiel y constituye el fundamento en que se basa cualquier acción de raciocinio. La fe es el conocimiento de la sinceridad, sin lo cual no se puede vivir y pensar.

La revelación es el conocimiento de lo que no se puede alcanzar con la sensatez humana, pero que la humanidad pone en primer plano del principio que se oculta en lo infinito. Así debe ser, a mi entender, la característica de la revelación que conlleva a la fe. Esto es lo que yo busco en la leyenda sobre Cristo y por eso me dirijo a él con las más exigentes y sensatas exigencias.

Yo no leo el Viejo Testamento, pues el asunto no consiste en cuál era la fe de los judíos, sino; -¿en qué consiste la fe de Cristo, en la que la gente encuentra el sentido que les de la oportunidad de vivir? Los libros judíos pueden estar ocupados para nosotros, como explicación de aquellas formas en las que se expresó el cristianismo; pero no podemos dejar de conocer la coherencia de la fe desde Adán hasta nuestros días, ya que antes de Cristo la fe de los judíos era local. La fe de los judíos es tan interesante para nosotros como la fe, digamos, de los brahmanes.

La fe de Cristo es aquella fe que nosotros vivimos. Estudiar la fe de los judíos para comprender el cristianismo  es lo mismo que estudiar el estado de una vela antes de ser encendida, para comprender el significado de la luz producida por una vela incandescente.

Lo que se puede decir es que la cualidad y el carácter de la luz, pueden depender de la vela en sí, al igual que la forma de las expresiones del Nuevo Testamento pudiera depender de la relación con el judaísmo, pero la luz no puede ser explicada por el hecho de que se encendió un vela por otra vela. Y precisamente por eso, el error cometido por la Iglesia al reconocer el Viejo Testamento con una escritura que también está inspirada en Dios como el Nuevo Testamento, se refleja del modo más fehaciente en que al reconocerlo de palabra, la iglesia en realidad no lo reconoce y cayó en tales contradicciones, de las que nunca hubiera salido si hubiera considerado para sí  la sensatez de un modo obligatorio.

Y por eso yo dejo la escritura del Viejo Testamento, escritura que es sincera, según la expresión eclesiástica, contenida en 27 tomos. En esencia esta leyenda no está expresada ni en 27 tomos, ni en 5, ni en 138 libros, al igual que no puede expresarse la revelación divina en un número determinado de páginas y letras. Decir que la revelación divina está expresada en 185 folios de escritura en papel, es lo mismo que decir que el alma de una persona determinada pesa 15 pudes, o que la luz de una lámpara mide 7 chetveriks.

La revelación se expresó en las almas de la gente, mientras que la gente la pasaba de uno a otro y anotaban algo. De todo lo anotado se sabe que había más de 100 evangelios y epístolas no aceptados por la iglesia. Esta eligió 27 libros que calificó de canónicos. Pero es evidente que unos libros expresaban la leyenda mejor que otros. Esta graduación no se interrumpía. La iglesia tenía que poner un límite en algún lugar para separar lo que ella reconoce como inspirado en Dios. Es evidente que este límite no podía separar de una manera ostensible la verdad íntegra de la mentira absoluta. La leyenda es como una sombra que va del blanco al negro o que va de la verdad a la mentira, e independientemente de donde se ponga este límite, quedarían separadas forzosamente las sombras donde hay color negro.  Esto es, precisamente, lo que ha hecho la iglesia, al separar la leyenda y clasificar unos libros como canónicos y otros, de apócrifos. Es maravilloso lo bien que lo hizo. La iglesia eligió tan bien, que las investigaciones más nuevas demostraron que no hay nada que se pueda omitir. De estas investigaciones quedó claro que todo lo que se conoce y todo lo mejor está acaparado por la iglesia en los libros canónicos. Por si fuera poco, como si para corregir su inminente error al hacer esta delimitación, la iglesia adoptó algunas leyendas de los libros apócrifos. Todo lo que se podía haber hecho fue  hecho maravillosamente bien.

Pero al llevar a cabo esta división, la iglesia arruinó y dañó todo lo reconocido por ella. Al aceptar en esta lista de leyendas lo blanco, lo claro y lo gris, es decir, una doctrina más o menos pura; al ponerle a todo el sello de la impecabilidad, la iglesia se privó a sí misma del derecho de unir, excluir y explicar lo aceptado,  en qué consistía su obligación,  que no hacía  y qué es lo que no hace. Todo es sagrado: los milagros, la Obra apostólica, los consejos de Pablo sobre el vino y el estómago y el delirio de la Apocalipsis, etc. Así que pasados 1800 años (al momento en que fue escrita esta obra por León Tolstoi), de existencia de estos libros, reposan ante nosotros con su aspecto burdo, caótico, saturado de la falta de sentido, contradictorio, tal como estaban antes.

Supongamos que cada palabra de la Escritura constituye una verdad sagrada, que la iglesia intentó consolidar, explicar las contradicciones y comprenderlas; e hizo todo lo que se podía hacer, es decir,   que le dio el mayor sentido a lo que no lo tenía. Pero el primer error fue nefasto. Al reconocer que todo lo sagrado era una verdad, había que justificarlo todo, cerrar los ojos, ocultar, manipular, caer en las contradicciones y, lamentablemente,  mentir con frecuencia.

Al aceptarlo todo de palabra, la iglesia debía de haber renunciado de hecho a los libros. Así son del todo la Apocalipsis y, parcialmente, las Actas de los Apóstoles, las cuales no sólo con frecuencia no tienen nada instructivo, sino puramente tentador.

Es evidente que las maravillas fueron escritas por Lucas para reafirmarse en la fe y, posiblemente, hubo gente que se reafirmó en la fe con esta lectura. Pero ahora es imposible encontrar un libro más abominable y que socave más la fe.

Puede que haga falta una vela donde haya penumbra. Pero si hay luz, no hay que alumbrarla con una vela, pues hay claridad. Los milagros de Cristo son las velas que nos llevan hacia la luz para alumbrarle. Hay luz y esto quiere decir que ya hay claridad, y si no hay luz, entonces solo se alumbra con acercar. Pues bien, leer 27 libros seguidamente, reconociendo cada palabra como verdadera, tal como lo considera la iglesia, es imposible y no es necesario, pues llegarás a lo mismo que llegó la iglesia, es decir, a la negación de si misma para comprender el contenido de la escritura perteneciente a la fe cristiana. Ante todo hay que darle respuesta a la interrogativa de cuál de los 27 libros considerados por la iglesia como escritura sagrada es más o menos sustancial, importante, y precisamente comenzar por los más importantes.

Estos libros, por supuesto, son la esencia de cuatro Evangelios. Todo lo que precede puede constituir, a lo sumo, sólo un material histórico para la comprensión del Evangelio; todo lo subsiguiente es sólo la explicación de estos mismos libros. Y por eso no es necesario, tal como lo hacen las iglesias, coordinar necesariamente todos los libros (nos convencimos  de que esto conllevó a la iglesia a la propagandización de cosas incomprensibles), sin embargo hay que buscar en estos cuatro libros que exponen, según la doctrina de la iglesia, la confesión más sincera; hay que buscar los fundamentos principales de la doctrina sin caer en la doctrina de otros libros. Y no es que yo quiera esto, sino que yo temo a las desorientaciones de otros libros que dan un ejemplo igual de brillante y elocuente.

Voy a buscar lo siguiente en estos libros:

  1. Aquello que me es comprensible, pues en lo incomprensible nadie puede creer y el conocimiento de lo incomprensible es igual a la ignorancia.
  2. Aquello que responde a mi pregunta de quién soy y quién es Dios, y
  3. ¿Cuál es el fundamento principal y único de toda la confesión?

Y por eso voy a leer los lugares incomprensibles, imprecisos, no del todo comprensibles, no como yo quiera, sino de manera tal, que concuerden con los lugares bien claros y converjan en un fundamento único.

Al leer de este modo más de una vez, no dos veces, sino muchas veces, la escritura propiamente dicha y lo escrito sobre ella, he llegado a la conclusión de que toda la leyenda cristiana se encuentra en cuatro Evangelios y de que los libros del Antiguo Evangelio pueden servir no sólo de explicación de aquella forma que fue elegida por la doctrina de Cristo; que los mensajes de los apóstoles Juan y Jacobo son, en esencia,  un caso particular de la explicación de la doctrina; que en ellos  a veces nos podemos encontrar con una nueva faceta de la doctrina de Cristo. Aunque no puedes encontrar nada nuevo. Lamentablemente, podemos encontrar con bastante frecuencia, en especial, en los mensajes del apóstol Pablo, una expresión tal de la doctrina que puede involucrar al lector en una incomprensión que opaca la doctrina en sí. Los actos apostólicos, al igual que muchos mensajes de Pablo, con frecuencia no tienen nada en común con el Evangelio,  así como los mensajes de los apóstoles Juan, Pedro y Jacobo, aunque no los contradicen. La Apocalipsis no descubre nada en esencia.

Lo principal es que, independientemente de que estén escritos en momentos diferentes, los Evangelios constituyen una exposición de toda la doctrina, pues todo lo demás constituye su explicación.

He leído en griego, que es el idioma en el que los disponemos, y los traduje de manera tal como indicaban el sentido y los diccionarios. Rara vez me aparté de las traducciones existentes en lenguas modernas,  que fueron realizadas cuando la iglesia comprendió de un modo singular y definió la significación de la leyenda.

Además de la traducción, fui arrastrado a la necesidad de unir los cuatro Evangelios en uno, ya que todos ellos exponen, aunque de un modo discorde, los mismos acontecimientos y la misma doctrina. La nueva doctrina de la exégesis acerca de que el Evangelio de San Juan debe interpretarse exclusivamente desde el punto de vista de la teología, debe ser considerada por separado; para mí no tenía importancia, ya que mi objetivo no tiene carácter histórico, no filosófico, ni de crítica teológica, sino que es encontrar el sentido de la doctrina.

El sentido de la doctrina está plasmado en los cuatro Evangelios y por eso, si todos los cuatro son la esencia de la misma confesión de la verdad, entonces uno debe confirmar y hacer inteligible otra. Y por eso yo las consideré, conjugándolos todos en un mismo Evangelio, sin excluir el Evangelio de san Juan.

Ha habido muchos intentos de unir los Evangelios en uno solo, pero todos los que conozco, — Arnolde, de Vence, Forrar, Reise, Grechulevich — ; toman el fundamento histórico de la fusión, pero todos ellos han sido infructuosos. Ninguno es mejor que otro en el sentido histórico y todos ellos son igualmente satisfactorios en el sentido de doctrina. Dejo totalmente a un lado la importancia histórica y los uno sólo en el sentido de la doctrina.

La fusión de los Evangelios sobre esta base tiene la ventaja de que la verdadera doctrina forma algo así como un círculo cuyas partes determinan igualmente el significado uno del otro y para cuyo estudio es igual comenzar el estudio a partir de un lugar o de otro.

De este modo, al estudiar los Evangelios, en los cuales el estudio está estrechamente relacionado con los acontecimientos históricos de la vida de Cristo, para mí la coherencia histórica resultó totalmente indiferente y para la coherencia de los acontecimientos históricos me daba igual elegir como fundamento una u otra recopilación de Evangelios. Yo elegí las dos relaciones más recientes de compiladores, aprovechando las obras de todos los predecesores: Grechulevich y Reise…

León Tolstoi. El Evangelio.

Traducción de Arturo Castro.

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